La buhardilla de Kassandra

Un santuario donde atesoro mis proyectos decorativos... y algunas otras pequeñas maravillas que enriquecen el Alma

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diciembre 28, 2014

Nuevos tiempos, nuevos rumbos


¡Buen domingo, mis amigas! 

Aquí me tienen otra vez, después de disfrutar una semana completa de "terapia desintoxicante" literalmente aislada en nuestro ranchito de la playa (sin internet, señal de celular ni vecinos en una cuadra a la redonda...) Sé que tal vez a algunas de ustedes se les haga difícil entender cuánto apreciamos mi familia y yo "escaparnos de la civilización" -especialmente en épocas festivas como ésta-; pero la realidad es que, ante la imposibilidad (por la distancia física) de reunirnos con nuestras familias para compartir las Fiestas tradicionales, desde hace algunos años elegimos celebrarlas en frugal intimidad y en estrecho contacto con la Naturaleza...

De ahí que aunque, siguiendo la tradición, el 8 de diciembre había decorado la casa, armado el árbol y dispuesto el pesebre en forma casi idéntica que el año pasado -"blanco y etéreo" era mi consigna de entonces-, nuestra auténtica Navidad al final transcurrió lejos de esta cuidada escenografía, entre paredes a medio revocar y junto a un arbolito mucho más humilde (aunque que para mí tiene un significado muy especial porque lo compré el año que esperaba el nacimiento de mi Principito, cuando mi panza gigantesca dificultaba grandes despliegues decorativos y además vivíamos en un apartamento diminuto donde apenas cabía la cuna...).


Hoy aquel bebé que yo amamantaba acompañada por el rítmico titilar de las luces multicolores, es ya un inquieto niño de cinco años, que disfrutó enormemente ayudándome a adornar su arbolito la misma tarde del 24, mientras cantábamos villancicos en un dúo algo desafinado; el mismo hombrecito sabio que -a pesar de habérsele explicado desde muy pequeño el verdadero origen de los regalos navideños- este año ELIGIÓ CREER en Papá Noel, e incluso aseguró haberlo visto cruzando por el cielo estrellado ("no, no era una bengala roja, mamá: ¡te digo que era el trineo con los renos y todo!") para descubrir poco después, con sincero arrobamiento, los modestos obsequios que aparecieron mágicamente al pie del árbol...


Ahora, el fin del año se acerca a pasos de gigante; y si todo sale según lo planeado, el 2015 nos despertará igualmente en la paz increíble de aquel lugar, acunados por el arrullo del mar y el trino de los pájaros. Pero en el ínterin, se imponía un retorno momentáneo a la ciudad para cumplir con las faenas domésticas (alimentar las mascotas y las gallinas, recoger los huevos, regar y chequear el estado de nuestras hortalizas) y de paso, dejarles aquí mis últimas reflexiones de 2014, incluyendo la revelación de los cambios trascendentales que se avecinan en nuestras vidas.

 

Como les he comentado muchas veces, soy una persona de temperamento lento. Cada paso que doy en la vida, cada nuevo emprendimiento, cada encrucijada a la que me enfrento exige una concienzuda reflexión, una exhaustiva búsqueda de información, una tormenta de ideas que contemple todas las posibilidades del asunto, y una planificación detallada y meticulosa (normalmente por escrito y con abundantes ilustraciones).

Pero eso no sería un problema en sí mismo, si no fuera por un detalle menor: lo que Sarah Ban Breathnach llama "la doble naturaleza del tiempo", que los antiguos griegos denominaban Chronos y Kairos.


"Chronos representa relojes, fechas límite, calendarios, agendas, gráficos, despertadores. Chronos es el aspecto negativo del tiempo. [...] En Chronos pensamos sólo en nosotros mismos. Chronos es el tiempo del mundo."

"Kairos significa lo trascendente, la infinidad, la reverencia, la alegría, la pasión, el amor, lo sagrado. Kairos es tener intimidad con lo real. Kairos es el aspecto positivo del tiempo. Kairos es libertad. [...] Kairos es el tiempo del Espíritu."

"Chronos requiere velocidad para no malgastarlo; Kairos necesita espacio para ser saboreado. Hacemos en Chronos. En Kairos podemos ser".
(«El Encanto de la Vida Simple», página correspondiente al 12 de octubre)


Es así que, mientras me encuentro inmersa en cualquier proceso de elaboración creativa -trátese de una receta culinaria, el tuneo de un mueble, la confección de una prenda de ropa, un proyecto de negocio o un ritual de belleza casero- mi ser entero funciona en Kairos, es decir, el "tiempo sin tiempo". Pero mientras tanto, el mundo exterior sigue rodando bajo la tiranía de Chronos, que obliga a arrancar hoja tras hoja en el calendario y a tachar línea tras línea en su implacable agenda. ¿Qué resulta de esto? Que cuando yo finalmente me decido a "bajar de la nube" (como diría mi madre) y tratar de materializar mis proyectos, a menudo descubro que los tiempos del mundo avanzaron dejándome a un costado, y las situaciones a que debo enfrentarme ahora no tienen nada que ver con el plan original...

Eso es precisamente lo que ocurrió con cada lugar en que he vivido durante la última década: me mudo a un nuevo sitio, comienzo mi "romance" con la casa, mido, planifico, hago cientos de bocetos, elijo telas y pinturas y visualizo en mi mente el aspecto exacto que quiero darle a esa finca en particular para transformarla en un hogar único y personal. Pero la puesta en práctica de mi ensueño decorativo suele insumir meses o incluso años de dedicación intermitente, que se alternan con períodos de falta de inspiración (o más comúnmente, de dinero), sobrecarga de obligaciones mundanas, o simplemente una mengua de energía física y emocional; y para cuando quiero darme cuenta -sin haber alcanzado a manifestar en el plano material ni la cuarta parte de lo planeado originalmente- de pronto la realidad me abofetea en pleno rostro, ¡y descubro que debo mudarme de nuevo!


Tal vez algunas de ustedes -las que me leen desde hace más tiempo- no hayan olvidado la ilusión con que me instalé en esta casa, hace ya más de año y medio; cómo imaginé decorarla en suaves tonos neutros y cremas (hasta creé para la ocasión un tablero especial en Pinterest, que titulé Dream in cream) y llenarla de detalles románticos y especiales que la convirtieran en mi "hogar soñado". Recuerdo incluso que, cuando le comenté a mi compañero mis múltiples y delirantes proyectos, sentenció -medio en serio, medio en broma-: "te doy seis meses a partir de ahora para hacer todas las reformas y mejoras que puedas; después, nos dedicaremos a VIVIR en la casa, ¡esté como esté!" 

Como era de esperarse, seis meses apenas alcanzaron para que mi lento cerebro tomara conciencia de que YA ESTABA habitando la casa nueva; y recién entonces empezó el proceso de intentar vestirla con mis toques personales. No es que no haya conseguido nada, desde luego: si bien únicamente a través de pequeños detalles puntuales (¿notaron que nunca he sido capaz de mostrarles un ambiente completo de la casa?), igualmente logré en ocasiones vislumbrar algo de la magnificencia que soñaba para mi hogar. Claro que estos acentos decorativos aislados y sutiles -algunos de los cuales elegí para ilustrar este post- ni siquiera se acercaban todavía a bosquejar el complejo collage que había creado en mi cabeza al inicio de la ensoñación...


Como sea, cuando finalmente había logrado convencerme a mí misma de que Sarah tenía razón al afirmar que "quizá no sea el hogar con el que siempre has soñado, pero sí ampara tus sueños; y esos sueños pueden transformarlo en el hogar que anhelas", de pronto vuelvo a chocar de frente con el almanaque: el tiempo implacable -Chronos- otra vez me ha jugado en contra... y me encuentro ante la inminencia de una nueva mudanza (¡la cuarta en menos de seis años!)

Lo hemos discutido mucho a nivel de familia. Hemos explorado y sopesado las posibilidades día tras día, intentando tomar la decisión más adecuada para nosotros y para el Principito. Por un lado, al amparo de la ley tenemos la chance de quedarnos en esta casa -alquilada- por al menos un año más, luego del cual incluso podríamos renegociar un nuevo arriendo. Pero por otro lado, el estilo de vida extremadamente frugal al que elegimos ceñirnos cuando nació nuestro hijo (cuando renuncié a mi trabajo profesional para dedicarme full time a su cuidado y disfrute) hace que la mayor parte de nuestro presupuesto actual se destine al rubro vivienda -además del alquiler propiamente dicho, aquí las tarifas por servicios públicos esenciales como la electricidad y el agua corriente son notoriamente caras-. Lo cual determina la paradoja de que, poseyendo un terreno propio (cerca del mar, por añadidura) carecemos de capacidad de ahorro para construir nada en él porque casi todos nuestros ingresos se destinan a sustentar una casa ajena, que tarde o temprano deberemos abandonar de todos modos...


Entendámonos: no soy de las personas que "echan raíces". Si bien fui criada en el siglo pasado, en una familia tradicional donde campeaba el concepto de que "progresar" era llegar a ser dueño del techo que te cobijaba -aunque pasaran una vida entera amortizando hipotecas usurarias-, una serie de circunstancias traumáticas (entre ellas perder mi primera casa soñada gracias a la especulación financiera del gobierno de turno) me convencieron de que ningún objeto material debía ser el fundamento de nuestra seguridad personal, y que era preferible "desplegar alas" y moverse libremente hacia donde el viento de la vida nos llevase en cada momento, antes que intentar arraigarse a un lugar determinado por el resto de nuestra existencia.

Sin embargo, estos últimos años he comprobado que mis necesidades auténticas no se ajustan a ninguno de esos extremos, sino que transitan por un prudente sendero del medio: si bien estoy convencida de que la gente cambia y evoluciona con los años (y que muchos de esos cambios implican casi obligadamente un traslado hacia otro escenario físico), también he comprendido que en este punto del camino mi Alma anhela cierto grado de estabilidad: necesito TIEMPO SUFICIENTE para ir insuflando calmadamente mi impronta en el hogar que habito, sin prisas ni urgencias determinadas por plazos contractuales; para plantar un rosal o un duraznero con la convicción de que verdaderamente llegaré a disfrutar de sus flores y frutos; en fin, para edificar a mi ritmo una suerte de refugio privado, armonioso y bello, sin la oscura y desmotivadora sospecha de que ni bien termine (o tal vez incluso antes!) tendré que abandonarlo para empezar de cero en otro lugar...

 

Por eso decidí aceptar la osada propuesta de mi compañero, posponer por un rato los proyectos personales que venía manejando hasta ahora -la apertura de la tienda virtual, por ejemplo- y consagrarme en cuerpo y alma al desafío que nos proponemos encarar juntos: trasladarnos apenas asome el nuevo año al terreno en la costa (aunque implique dejar parte de nuestras voluminosas pertenencias en depósito) y una vez allí, con el presupuesto familiar saneado y liberado de obligaciones abusivas -los servicios públicos en Brasil cuestan la décima parte que en Uruguay... ¡y no exagero!- encarar la paulatina ampliación de las construcciones existentes, hasta alcanzar las comodidades imprescindibles para vivir y desarrollarnos óptimamente como familia y como individuos.

Sé que no será fácil, que durante varios meses tendremos que vivir de forma más bien precaria, sin muchas comodidades de las que gozamos hoy día. Pero más allá de estas aparentes dificultades, me propongo abordar la empresa con espíritu positivo: después de todo, no muy a menudo se presenta la oportunidad de tener ante nosotras un gran lienzo en blanco, listo para que empecemos a crear en él, línea sobre línea y pincelada tras pincelada, el Hogar con el que nuestra Alma sueña... (y en última instancia Chronos jugará a favor: como dicen por ahí, el tiempo pasa volando y si sabemos aprovecharlo, para cuando llegue el invierno estaremos instalados en la nueva casa propia!)


Los principios rectores en este nuevo tramo del camino serán, en gran medida, los mismos que hemos aprendido y compartido hasta ahora: aguzaremos el ingenio para construir de la forma más ecológica y frugal posible, mezclando técnicas de construcción tradicionales y alternativas, y haciendo nosotros mismos la mayor parte del trabajo, a fin de emplear el mínimo de mano de obra contratada (¿mencioné alguna vez que "la otra mitad del equipo" inició su experiencia laboral trabajando como albañil, y que una servidora se maneja bastante bien en las áreas de electricidad, sanitaria y carpintería?) Reciclaremos, reutilizaremos y renovaremos tantos materiales como podamos, utilizando elementos del medio que puedan extraerse sin depredar, y aprovechando las condiciones naturales -sol, lluvia, desniveles del terreno, vegetación nativa- para obtener de ellos el máximo beneficio. Apostaremos a rodear nuestro hogar de un entorno verde (jardines, árboles frutales, hierbas aromáticas, huerta orgánica, invernáculo para especies delicadas, estanque para plantas acuáticas) y habrá también espacios propios para nuestros amados animales de compañía, incluyendo las gallinas que contarán con un marco natural y saludable para su óptimo desarrollo.


Pero además -y este es un compromiso que asumo a título estrictamente personal- pretendo crear en ese pequeño rincón del mundo un auténtico SANTUARIO de Belleza, Serenidad y Armonía. Es que mis dos amores (hombres al fin) comparten una visión totalmente pragmática de la realidad: sólo consideran importante rodearse de cosas útiles. Y admito que durante mucho tiempo, yo misma he sucumbido a la tiranía de ciertos materiales -por ejemplo el plástico- por su innegable practicidad, aun cuando su aspecto atenta contra el más elemental sentido de la estética (sin mencionar sus efectos nocivos sobre el ambiente). Sin embargo, he terminado por aceptar que mi sensible Alma femenina sólo puede crecer y florecer propiamente cuando está rodeada de Belleza; de modo que en este nuevo reto que tengo por delante me propongo aplicar al pie de la letra la famosa frase de Elsie de Wolfe: "Voy a hacer que todo a mi alrededor sea hermoso; esa será mi vida". Por tanto, en mi futuro hogar sólo tendrán cabida aquellos objetos que me resulten útiles Y TAMBIÉN bellos (o en su defecto, simplemente bellos); en cambio ya no toleraré la fealdad, por más utilidad momentánea que pueda ofrecer...

 

Y sobre todo, no volveré a cometer el error de esperar a tener una casa TERMINADA para empezar a disfrutarla; por el contrario, desde el inicio mismo del proyecto y sin importar cuán precarias sean las condiciones de vida en cada etapa puntual, procuraré que haya a mi alrededor al menos un toque de estilo, hermosura, elegancia y/o romanticismo, para alimentar y estimular la pasión creativa de mi Ser Esencial. Es que después de todo, como apunta Sarah, "se tarda literalmente años en alumbrar un sueño, sea éste una familia, una carrera profesional, un hogar o un estilo de vida"; de hecho, "descubrir tu auténtico estilo de decoración es muy similar a las etapas creativas que entraña escribir un libro: [...] estarás continuamente corrigiendo, arrancando lo que ya no significa nada para ti, haciendo cambios sutiles y a la vez significativos en la decoración cuando los capítulos de tu vida permitan, o exijan, ser reescritos"..


Y ya que el inicio de esta nueva etapa personal y familiar coincide con el comienzo del año, decidí que ameritaba ser documentado en un nuevo blog, orientado exclusivamente a todo lo que tenga relación con la construcción de este hogar soñado. Este sitio tendrá una impronta ligeramente diferente a la de la Buhardilla: pretendo consignar allí en forma cronológica el "paso a paso" de nuestra aventura constructiva -como si se tratara de un diario personal, o mejor aún, de una bitácora de viaje ilustrada-, incluyendo notas de inspiración y fotos de los progresos que vayamos logrando, pero también mis pensamientos e impresiones personales en cada pequeño avance hacia la concreción de nuestro proyecto, así como consejos y tips que puedan ser de utilidad a otras personas dispuestas a embarcarse en una propuesta similar.

Ello no significa un adiós definitivo a esta buhardilla que tantas satisfacciones me ha brindado: es probable que regrese por aquí esporádicamente, para compartir algunas de esas inquietudes que me asaltan de vez en cuando y que exceden la temática específica del nuevo blog. Tomémoslo pues como un simple "período de vacaciones", tras las cuales volveremos a encontrarnos para compartir un té mañanero y esas pequeñas labores artesanales que tanto nos gustan a todas... Mientras tanto, a quienes interese acompañarme en esta nueva y emocionante aventura, las invito desde ya a seguirme en "My House of Belonging".

http://myhouseofbelonging.blogspot.com/

Abrazos apretados, bendiciones por toneladas y un muy Feliz Año 2015 para todas!!!

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noviembre 08, 2014

Cumpleaños agridulce


Hoy cumplo cuarenta y seis. 

Lo digo sin pudores, porque más allá de lo que indique la cédula de identidad -e incluso, en ocasiones, el espejo- me veo y me siento más hermosa, sabia y auténtica cada día. Hermosa, no ya gracias a los afeites de la cosmética (que lucra con el miedo irracional a la vejez de tantas mujeres) sino con esa clase de belleza atemporal que surge del interior, de conocernos y amarnos tal cual somos, que nos tiempla la voz y nos hace brillar la mirada sin necesidad de artilugios. Sabia, con el conocimiento adquirido a lo largo de muchos caminos transitados, a veces con un hada benévola como guía y otras -quizá la mayoría- aprendiendo "de la manera difícil". Y auténtica, porque intento parecerme cada vez más a mi Ser Esencial; porque cada año que pasa voy dejando atrás el lastre de tantos paradigmas que alguna vez pudieron definirme pero que hoy ya no forman parte de mí, y develando a esa otra mujer que vive dentro de mi propia piel, tan parecida y al mismo tiempo tan diferente; y poco a poco me concedo más permiso para mimarla, complacerla y aventurarme en su mundo, un mundo secreto de serenidad, belleza y armonía donde ella será siempre la Reina...

Por eso, hace años elegí empezar a celebrar mis cumpleaños en la tranquilidad del hogar, sin fiestas ni bullicio. Es que soy incapaz de meditar sin una mínima dosis de silencio y soledad; y mi modo personal de honrar cada nuevo año de vida es precisamente reflexionar con GRATITUD sobre las bendiciones que tan abundantemente se me brindan: mi hijito, mi pareja, mis padres, mis amigas viejas y nuevas, la salud, el hogar, los sueños que alguna vez postergué y que hoy rebrotan con el entusiasmo de la primavera.

Sin embargo, este ritual tan íntimo y removedor se ha visto este año empañado por un dejo de tristeza: es que hace un par de días -apenas había publicado mi último post- recibí una llamada de mamá, para decirme que mi amada perrita Sheila acababa de dejar este plano terrenal. Y aunque la razón me dice que el hecho de haberla tenido en mi vida durante tantos años es también un motivo para sentirme agradecida con el Universo, no puedo evitar que una lágrima rebelde se me escape ante el recuerdo de sus expresivos ojos castaños...

Encontré a Sheila la madrugada de Navidad, allá por el año 2000. Nunca supimos si alguien la había abandonado ex profeso o había huído de alguna casa, espantada por el estruendo de la pirotecnia. Pero desde el instante en que la puse en mis brazos por primera vez -un bultito negro tembloroso y gimoteante- supe que había nacido una conexión especial entre las dos, y que esa conexión se extendería por siempre.

Era la perra más dulce y mansa que jamás he conocido, contrariando la fama de agresividad extrema que les han endilgado a los de su raza. Siempre fue especialmente sensible al frío, por lo que los primeros tiempos dormía acurrucada contra mi pecho; y luego, cuando su desarrollo físico la fue transformando en una esbelta y vigorosa adulta, decidió que "su" lugar de descanso era junto a mi lado de la cama, lo suficientemente cerca como para que yo pudiera extender el brazo y hacerle una caricia de buenas noches, que ella reciprocaba frotando suavemente su húmedo hocico contra el dorso de mi mano...

Tuve varios animales de compañía por ese entonces, y a todos y cada uno los amé con el alma; pero únicamente ella y Naomi -una gata mística cuya historia contaré en otra ocasión- se habían asumido como exclusivamente "mías" (¿o debería decir que me habían "adoptado" como SUYA?) Sin embargo, en esos tiempos de aparente felicidad yo aún no calibraba la inmensidad del amor que estos ángeles de cuatro patas eran capaces de prodigar. 

Apenas años más tarde lo entendí realmente: fue cuando las circunstancias de la vida me llevaron a encontrarme completamente sola en una enorme casa vacía, con mi salud física y psicológica seriamente comprometidas. En ese entonces, cuando ni a mis propios padres les hablé abiertamente de mi estado y sólo alguna amiga incondicional se daba una vuelta para asegurarse de que hubiese sobrevivido un día más, Sheila asumió decididamente su papel de compañera, confidente y "ángel guardián" de mis noches insomnes; y cada vez que, presa del más hondo desasosiego, deambulé como un fantasma por las habitaciones oscuras, su estilizada figura caminaba mansamente un paso atrás, apenas levantando la cabeza ocasionalmente para mirarme, como diciéndome: "No estás sola. Pase lo que pase, yo estoy aquí, contigo". 

Fue también mi único consuelo cuando perdimos a Naomi, víctima de una fulminante enfermedad que se la llevó en apenas unas pocas semanas. Y tan inmenso era su amor que -aunque los escépticos le busquen explicaciones más racionales- de algún modo llegó incluso a somatizar mi anorexia, hasta el punto de quedar tan en los huesos como yo misma...

Después, la vida dio otro viraje brusco y me mudé a una casa mucho más pequeña, donde ya no había espacio para mi querida compañera. Fue entonces cuando la llevé a vivir con mis padres; contaba por esa época seis años de edad, y aún cuando se adaptó rápidamente a su nuevo hogar y pronto recuperó el estado físico ideal, siempre me dejó en claro que seguía considerándome su "mamá". La alegría que demostraba cada vez que me veía llegar era inmensa, tanto como su desazón al verme partir nuevamente; y cada vez que intentaba explicarle cuánto la amaba y lo difícil que me resultaba estar alejada de ella, sólo fijaba sus ojos aterciopelados en los míos y rozaba con su hocico húmedo el dorso de mi mano, como diciendo: "No te angusties, yo comprendo".

Los años pasaron demasiado rápido; me mudé a una ciudad diferente, tuve a mi hijito y cada vez mis visitas a la casa paterna se hicieron más esporádicas. Mientras tanto, Sheila se fue tornando mayor y empezaron a aparecer algunos signos de la edad: perdió paulatinamente la audición, y últimamente también casi por completo la vista; pero su olfato seguía intacto, y bastaba que percibiera en el aire mi olor personal para que le cambiara hasta la expresión, y viniera mansamente a buscar un mimo en mi regazo, como en los viejos tiempos cuando vivíamos juntas...

La última vez que estuve por allá, la encontré muy desmejorada. Ya casi no se levantaba, excepto para comer; el resto del día lo pasaba tomando largas siestas al sol, o acurrucada en su camita. No obstante, la noche que partíamos de regreso ocurrió algo extraordinario: cuando a las dos de la madrugada salí con mi hijo a la puerta para aguardar el taxi que nos conduciría a la terminal de ómnibus, me la encontré echada en un rincón del porche, como si de algún modo nos estuviera esperando. "¿Qué hacés, negrita?", le dije suavemente."¿Por qué no estás en tu cama calentita?" Ella levantó lentamente la cabeza y una vez más me miró con sus ojos inefables, ahora casi ciegos... y entonces entendí: había venido a despedirse, presintiendo tal vez que ya no volveríamos a vernos en este plano de existencia. Así que dejé el equipaje a un lado, me arrodillé junto a ella y la acaricié con ternura, repitiéndole que la amaría siempre y agradeciéndole por tantos años de amor incondicional; y me vine con esa tristeza en el Alma, por no haber podido quedarme a su lado durante el tiempo que le restara de vida...

Ahora ya no está más con nosotros. Mientras su cuerpo reposa en el jardín de mi madre, rodeado de rosas y de lirios, quiero creer que su alma pura y transparente anda correteando por el paraíso de los perros, y desde allí me hace un guiño con sus ojitos castaños... Para ella va pues, en este día tan especial, mi amoroso recuerdo y homenaje, en los versos de una vieja canción:
"Y si hacemos caso a la leyenda,
entonces tendremos que pensar
que en la tierra hay una perra menos
y en el cielo, una estrella más..."
(MECANO)

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octubre 28, 2014

Volver a la Magia

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Antes de empezar con el post de hoy, deseo pedir disculpas por haber estado un poco perdida de Bloglandia durante los últimos días, sin visitar a las amigas que tanto me inspiran ni comentar en sus blogs como siempre disfruto hacer... No voy a entrar en detalles -que serían muchos y muy complejos de explicar-; diré solamente que otro corto viaje "forzoso" al pueblo que me vio nacer (bueno, aquí le llaman ciudad pero para mí sigue siendo un pueblo, tanto en extensión como en mentalidad) me devolvió a mi hogar con un estado de ánimo más bien sombrío y una gran necesidad de volcarme hacia adentro para recuperar fuerzas...

[Nota al margen: para aquellas de ustedes que han preguntado con frecuencia por la salud de mi hermana, aprovecho a contarles que afortunadamente se viene recuperando muy bien de las heridas causadas por el accidente, y aunque con algunos dolores residuales y todavía muchas precauciones, ya puede usar sus manos y caminar sin ayuda].

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Sin embargo hoy al caer la tarde, cuando por fin me decidí a encender la computadora, me encontré sorpresivamente con un maravilloso post de mi amiga Serena, "Lady of the Woods", quien no solamente me deleitó el espíritu con sus palabras e imágenes de ensueño (para las que no la conozcan, les recomiendo que se den una vuelta por esa suerte de bosque encantado que es su blog; ¡no se arrepentirán!) sino que llegó en el momento preciso para recordarme la necesidad de recuperar la Magia, esa que las mujeres en general tan bien conocemos pero que a veces dejamos escapar entre el trajín de las tareas autoimpuestas y la energía densa, ominosa y desesperanzadora que nos llega desde el afuera...

Lady of the Woods

Esta sabia, deliciosa y versátil mujer, a quien considero una verdadera Hermana Espiritual (aunque nunca nos hayamos encontrado físicamente, al menos en esta vida), es también una auténtica maestra en el arte de crear Magia cotidiana: desde el jardín que amorosamente cultiva, donde crecen tanto las flores que arregla artísticamente para embellecer su hogar, como las hortalizas y vegetales que constituyen mayormente su dieta y su medicina; pasando por las románticas prendas que conforman su vestuario, muchas de las cuales ella misma confecciona con manos de hada y gusto exquisito; hasta la forma en que dispone cada mueble y elemento decorativo en su entorno hogareño, transformándolo en un etéreo santuario de paz, belleza y armonía, ella conoce como nadie el secreto para manifestar en la realidad aquello que deseamos, así como para, al decir de Elsie de Wolfe, "hacer hermosas todas las cosas a su alrededor"...

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Lo cual me trae a la memoria a otra de las mujeres que más admiro en este mundo: Sarah Ban Breathnach. A través de sus libros El encanto de la vida simple y El encanto cotidiano, Sarah nos exhorta a creer "que la magia fluye a través de todos nosotros, que el misterio se halla en cada encuentro, todos los días de nuestra vida. Logramos hacer que aparezca el zapato que se había perdido, transformamos las sobras en un banquete, creamos belleza a partir de la tierra, eliminamos el temor, curamos las heridas, hacemos que el dinero dure hasta fin de mes. Portamos, sostenemos, cuidamos y alimentamos la vida. Hacemos todo eso y mucho más. Pero la mayoría de las mujeres no se da cuenta del tremendo poder que tiene para hacer el bien. No son conscientes de su divinidad. No comprenden que descienden de un antiguo y sagrado linaje: la hembra."

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Sí, porque la Magia es un don que la Divinidad nos ha otorgado especialmente a nosotras, las mujeres. "Susan Bowes explica que la magia, como se basa en el conocimiento de las leyes naturales -que incluyen los ciclos de la Luna y de los planetas, las variaciones del clima y el ritmo de las estaciones-, siempre se ha considerado un misterio femenino. Esto arranca de los tiempos en que el trabajo de plantar y recoger plantas y frutas era cosa de las mujeres. Éstas aprendieron que la potencia de las plantas respondía a las fases de la Luna, a la hora del día o de la noche y a las estaciones del año. También aprendieron a crear hechizos, perfumes y pócimas poderosos y muy eficaces para subyugar, destruir, manipular, derrotar, desafiar, fascinar y confundir. O, al menos, así empezó a considerarlo el frágil ego masculino. Y como cierto tipo de mujeres en las áreas rurales poseía abstrusos poderes curativos y conocimientos enigmáticos para los hombres, éstos empezaron a tenerles miedo. Desde el principio de los tiempos, lo que los hombres no lograban entender les causaba temor. Por eso a quienes obraban milagros se les llamaba santos, los científicos no podían identificarse como chamanes, y quienes hacían magia recibían el calificativo de BRUJAS".  

Durante los últimos días de octubre, en muchos países se hacen preparativos para la llamada "Noche de Brujas". Vemos ambientaciones terroríficas, disfraces macabros y películas que exacerban el morbo por lo sobrenatural. Pequeños zombies, momias, vampiros, fantasmas, monstruos con cabezas y miembros cortados y brujas de sombrero puntiagudo y amenazador aspecto, desfilan alegremente por nuestras calles con el consabido estribillo de "Dulce o truco". Pero lo que la cultura consumista y comercial de hoy en día ha deformado irreverentemente (hasta transformarlo en ese circo espectral), fue en su origen algo bien diferente...

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En efecto, la actual festividad de Halloween proviene del festival celta de Samhain, que se celebraba en tiempos remotos durante la última noche del otoño. En esa noche sagrada -considerada el Año Nuevo celta- los druidas creían que las fronteras entre el mundo físico y el mundo sobrenatural se volvían más tenues, se descorrían los velos entre las dimensiones dando paso a diversas experiencias esotéricas. No sólo era posible conectarse con los espíritus de personas desencarnadas; también, al decir de la propia Sarah, "los sortilegios eran más potentes, la predicción del futuro más reveladora, los sueños contenían una especial trascendencia". En resumen, lejos de ser un día de culto al miedo -como podría definirse hoy en día-, era una ocasión única en el año para invocar la Magia.


Por eso, yo no celebro Halloween; al menos, no de la forma "tradicional". No cubro la casa de negro y anaranjado, no visto a mi hijito con máscaras horripilantes ni salimos a pedir caramelos bajo amenaza de alguna sucia travesura. En realidad, lo que hago es conmemorar el Año Nuevo Celta en mi propia versión libre, como una noche de meditación y recogimiento (aunque NO de luto), en la cual enciendo velas blancas para homenajear a mis seres amados que ya no están en este plano de existencia, realizo la quema ritual de todo lo negativo que quiero dejar atrás -trabas, miedos, hábitos nocivos- y consulto los oráculos en procura de claridad y orientación para el futuro próximo. Pero sobre todo, invoco y reivindico con orgullo a la Hechicera que vive en mi interior, agradeciendo desde el fondo del corazón la Magia que me inviste naturalmente y por derecho propio como mujer; esa Magia innata y poderosa que nos permite sembrar, sanar, alimentar, educar, construir, consolar, pacificar y CREAR en los más diversos ámbitos, a imagen y semejanza de la Madre que nos creó...

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"A las mujeres nos ha sido concedido un gran poder: el poder del Amor. Esta noche [de Samhain], en tu jardín, a la luz de las velas o de la luna llena, promete utilizar tu poder sabiamente para la misión más elevada que te ha sido encomendada. No imaginas las innumerables vidas que tocas en el curso de tu existencia. Unas almas en busca de paz y armonía que podrían sanar con la magia que posees. Ve directamente a la fuente. Reconoce tu linaje y tus dones auténticos con el corazón lleno de gratitud." (S.B.B.)

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Gracias, queridísima Serena, por transformarte en un espejo mágico capaz de recordarme la identidad de mi Ser Esencial.  

¡Blessed be!

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septiembre 11, 2014

La sal (y la pimienta) de la vida


Siempre he sido una soñadora sin remedio. 

Desde muy niña (a pesar de las insistentes advertencias de mi madre sobre la necesidad de "bajar de la Luna" y "poner los pies en la Tierra"), los sueños han sido para mí el leitmotiv de mi filosofía existencial. A lo largo de cuatro décadas y media he acunado miles de sueños, muchos más de los que alcanzo a recordar. Algunos fueron entusiasmos momentáneos que al cabo de un tiempo se desvanecieron como fuegos fatuos; otros, más persistentes y profundos, me acompañaron durante largas temporadas; y unos pocos -los menos- llegaron en algún punto a transformarse en realidad. Pero más allá de su permanencia y posibilidad o no de materialización, es el proceso de la ensoñación en sí mismo, el arte de perderme en la fantasía e imaginar hasta en sus más mínimos detalles determinadas situaciones, personas u objetos, lo que constituye el verdadero combustible de mi funcionamiento cotidiano...

Hay sueños propios de una determinada etapa de nuestras vidas (como la fiesta de quince, el vestido de novia o las zapatillas de ballet); y hay otros que no tienen edad, que aunque pasen los años siguen allí, abrigaditos en un rincón provilegiado de nuestro corazón, esperando su momento de ver la luz (como el anhelo de conocer España y la Provenza francesa, o diseñar mi propia línea de ropa, o llegar a publicar un libro). Sin embargo, en ciertos momentos nos damos cuenta de que algunos sueños que nos han acompañado durante mucho tiempo, de pronto ya no se ajustan a nuestras circunstancias y deseos actuales; y entonces debemos aprender a desapegarnos de ellos, para dar cabida a nuevos sueños y proyectos más acordes a nuestra realidad.

En ese contexto, hace apenas unos días tuve que despedirme de un querido amigo: el viejo ómnibus que durante más de dos años me hizo soñar con la posibilidad de vivir la vida semierrante de una auténtica Reina Gitana...


Cuando lo compramos, en abril de 2012, nuestra situación familiar y económica era muy diferente a la actual: residiendo en Montevideo y con trabajo aparentemente estable (el cual incluía el uso de una cálida casona antigua), proyectábamos transformar este noble veterano de las rutas en un coqueto motorhome, para pasar los veranos recorriendo la costa en compañía de nuestro hijito, disfrutando la libertad de viajar con todas las comodidades, con la casita a cuestas como los caracoles y las tortugas. Desde luego, mi inquieta imaginación se disparó al instante, y pronto empecé a soñar con transformar esto...

 

...en esto:

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Pero los meses fueron pasando, y con ellos aparecieron una serie de trabas a la concreción de ese sueño: primero, irregularidades documentales y cargas impositivas desproporcionadas al valor del vehículo, así como un par de desperfectos importantes (y un mecánico inescrupuloso que acabó cobrando cuatro veces el presupuesto que nos había dado en un principio) hicieron que los ahorros inicialmente destinados a la "transformación" se nos escurrieran como agua entre los dedos; y más tarde, un imprevisto cambio en las condiciones laborales nos trajo a afincarnos en la frontera con Brasil, con un presupuesto mucho más ajustado, pero también con nuevas posibilidades de vivienda y expectativas de futuro totalmente diferentes a las anteriores. 

Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el viejo gigante ya no cabía en los planes actuales de nuestra familia, que era hora de dejarlo marchar. Igual no resultó sencillo, debo decirlo: el día anterior a que el nuevo propietario se lo llevara, subí al ómnibus vacío, me senté en una de sus butacas gastadas y con profunda emoción le agradecí por las estupendas vacaciones -Navidad incluida- que pasamos cobijados bajo su techo; pero sobre todo, lo bendije con amor por los largos meses en que su herrumbrosa estructura me inspiró para dejar volar la fantasía y diseñar (al menos en los papeles) lo que sería un verdadero "palacio sobre ruedas"...

Lo bueno de toda limpieza -sea material, mental o emocional- es que cuando dejamos algo atrás, hacemos espacio para que algo nuevo venga a llenarnos. Y en este caso, la nueva fuente de inspiración para mis sueños es ese pequeño pedazo de tierra con olor a bosque y rumor de mar, que hoy por hoy tiene apenas una construcción precaria pero que en mi imaginación ya veo transformada en una pintoresca casita rodeada de jardines y árboles frutales... (si quieren ver más imágenes de este hogar soñado, pueden visitar mis tableros "The House of Belonging" y "La Tourelle" en Pinterest).

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Es que, para mí, el sentido de la existencia se resume de eso: soñar tanto como se pueda, y nunca dejar de perseguir los sueños, que son en definitiva "la sal (y la pimienta) de la vida"...

Y ya que hablamos de sal y pimienta, me pareció apropiado mostrarles hoy un trabajito que realicé días pasados, pensando precisamente en detalles para engalanar la cocina de mi futura casa (que estará decorada en blanco y azul, como no podía ser de otra manera). Eran originalmente un par de condimenteros de madera que me regalaron hace siglos, y que -valga el juego de palabras- me parecían bastante desabridos; lo que hice fue darles dos manos de gesso blanco, y luego recurrir a uno de mis diseños favoritos en servilletas:


El decoupage sobre superficies irregulares no es sencillo, pero tampoco imposible: lo que yo hice fue aplicar la cola vinílica sobre el especiero, envolverlo con la servilleta y con la ayuda de un plástico ir "acariciando" suavemente la superficie para acomodar el diseño a las curvas del objeto (como puede verse en las fotos, en varios lugares se formaron pequeñas arruguitas o pliegues, pero a mi criterio eso no afecta la belleza de la terminación). Una vez seco el trabajo, cubrí con dos manos de barniz acrílico, y estuvo listo: sal y pimienta a la mesa con un toque romántico y shabby chic!

 

Y como este sí es un tuneo frugal por donde se lo mire (en tiempo, en trabajo y en costo), me lo llevo a lo de Marce para compartirlo con las chicas... ¡si no han pasado por allí, les invito a unirse a nosotras!


Pero antes de irme, quería agradecer muy especialmente a Anna Llansa, del blog "De todo un poco", por haberme nominado hace algunas semanas para el premio Liebster Award. Para las que aún no la conocen, Anna es una genia que no sólo sorprende con sus creativos proyectos de manualidades, sino que además es la anfitriona de los "Lunes vintage", donde nos deleita con una colección increíble de objetos antiguos, exquisitamente fotografiados al detalle... Fue muy reconfortante para mí recibir este premio (especialmente porque llegó en un momento anímicamente difícil, poco después del accidente); y aunque ya he explicado aquí las razones por las que no sigo la cadena, no quería dejar de mencionarlo... ¡Mil gracias, Anna, por tu gentileza y generosidad!


Y con esto me despido hasta dentro de unos días... Bendiciones para tod@s, y buen fin de semana!
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Regresa pronto!!!

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