La buhardilla de Kassandra

Un santuario donde atesoro mis proyectos decorativos... y algunas otras pequeñas maravillas que enriquecen el Alma

agosto 29, 2014

Perfume de violetas


Mi abuela materna falleció cuando yo tenía apenas cuatro años y medio, por lo que son muy contados los recuerdos "reales" que mi memoria conserva de ella; apenas unas pocas imágenes borrosas, como escenas descoloridas de una vieja película. 

Pero lo curioso es que estas reminiscencias queridas (que he atesorado en lo más sagrado de mi corazón por más de cuarenta años) se hallan impregnadas de sensaciones intensamente aromáticas: en una de ellas, recuerdo entrar a su casa -adonde habíamos sido invitados a almorzar- y encontrarme de pronto completamente envuelta en un delicioso aroma a arroz con leche con canela; en otra, creo verla tendiéndome los brazos, enfundada en un vestido estampado en lila, y al correr a abrazarla, percibir en su tersa mejilla un suave y delicado perfume a violetas silvestres...

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Era una mujer de contrastes, mi abuela; al menos eso es lo que he concluido tras escuchar lo que diversas personas que la conocieron me cuentan sobre ella. Unos la evocan dulce, elegante y de modales delicados; otros la rememoran seria, estricta y de temperamento firme. Criada en el campo y sorprendida tempranamente por la maternidad (dicen que parió a mi madre a la orilla del arroyo, donde las mujeres de la familia se ganaban la vida lavando ropa para los hacendados de la zona), emigró a la capital y se las ingenió para adquirir un oficio -el de modista- con el que poder traer consigo a sus hijas y darles la mejor crianza que le permitieron sus posibilidades. Amaba las flores, los crucigramas y la música clásica (mi madre, que tiene hoy casi ochenta años, todavía recuerda los nombres de las arias de ópera que escuchaban juntas en la radio); y era tan exigente y detallista con los deberes escolares de sus niñas como con las finas prendas que confeccionaba con buen gusto y habilidad profesional.

Por alguna razón, a pesar de su temprana desaparición física -una fulminante enfermedad se la llevó con cincuenta y pocos años-, mi abuela ha sido siempre una presencia constante en mi vida y en mi corazón. Y hablo de una presencia tangible, cotidiana, muy distinta de la nostalgia impotente con que solemos echar de menos a los seres queridos que partieron antes que nosotros. De hecho me encanta "conversar" con ella mientras, a solas en el cuarto de costura, me afano en alguna labor especialmente complicada; y su impronta amorosa se esparce desde la cocina hacia el resto de la casa cada vez que preparo arroz con leche, el postre preferido de mi familia. E incluso en algunos momentos especialmente borrascosos de mi vida personal, cuando me he encontrado sola y sumida en la tristeza, el desamor y la desesperanza, más de una vez creí sentir una especie de abrazo invisible, una energía cálida y protectora que me rodeaba y que, de forma inconfundible, olía sutilmente a violetas...

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A lo largo de los años he intentado hacerme con alguna de estas plantas, para tenerlas cerca y disfrutar de sus modestas y perfumadas florecillas en homenaje a esta mujer tan especial y querida; pero extrañamente, una especie antaño tan común que crecía casi salvaje en los jardines, ahora parece haberse extinguido por completo. No obstante, cada vez que aspiro al pasar algún aroma inspirado en la sugestiva fragancia de las violetas, o siquiera veo una fotografía o una pintura que las representa, mi espíritu vuela al encuentro de mi amada abuela, y casi puedo imaginarla sonriendo...

Por eso, cuando encontré este exquisito diseño de servilleta, supe que tenía que usarla en alguna labor muy personal, un objeto que pudiera ubicar a la vista para disfrutar a menudo de las entrañables evocaciones que me despierta. 

Entonces recordé una vieja caja de madera comprada por monedas en la feria, y que había permanecido olvidada durante años en algún rincón... y supe que había llegado el momento de transformar a otra Cenicienta en un auténtico "cofre de los recuerdos".


La elaboración fue simple: bastante lija, una mano de gesso blanco, una de látex blanco en el exterior y dos manos de acrílico lila en la parte interior. 


Luego ubiqué el diseño en el centro de la tapa, y lo enmarqué con otra servilleta con dibujo de vichy color violeta, con la cual también cubrí los laterales de la caja.


En el interior, otro modelo de servilleta que integré cubriéndolo todo con una veladura en color lila muy tenue. 


Un marco de puntillas blancas y un galón de pasamanería al tono perfilando todo el contorno de la tapa, le pusieron el toque romántico; y como terminación, un par de manos de barniz acrílico.


No sé aún el destino que le daré a mi nueva cajita. Tiene el tamaño perfecto para guardar la creciente colección de servilletas de decoupage y hacer parte en la organización de mi rincón creativo...


...aunque también podría llegar a albergar algunos de mis pequeños tesoros románticos (una triple hilera de perlas con sus aretes a juego, un pañuelo bordado con iniciales, un abanico traído de España por una amiga trotamundos, un par de guantes antiguos).


Pero sea cual sea su contenido, una cosa es segura: estará ubicada junto al retrato de mi abuela, y acompañada del hornillo de aromaterapia que me gusta encender mientras trabajo, para que todo mi espíritu se impregne de amor con la esencia dulzona y familiar de las violetas...


Con este sencillo proyecto me sumo a Marce en su regreso con los Findes Frugales... y ya me despido, no sin antes agradecer desde lo más profundo de mi corazón todos y cada uno de los mensajes repletos de amor, optimismo y buenos deseos que me han hecho llegar los últimos días; no siempre resulta fácil transitar a través de las "noches oscuras del Alma" (como dulcemente las llama mi querida Deba), pero se vuelve mucho más llevadero cuando una se siente tan mimada y rodeada de energía positiva... ¡¡¡Gracias a todas por ESTAR!!!

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agosto 24, 2014

Casas de película: "Half light"

Como ya les he contado, últimamente mi pasatiempo favorito es rebuscar entre las películas que me han gustado en el pasado -mayormente bajadas de Internet y guardadas en discos, cuando no estaba tan candente el tema de los derechos de autor-, para volver a deleitarme con ellas en las nochecitas mientras descanso junto al fuego de la chimenea. 

Y en esta segunda o tercera mirada (bueno, a algunas las he visto mucho más de dos veces!), he descubierto que más allá del guión y las actuaciones, a menudo lo que me fascina es la ambientación, concretamente los paisajes y locaciones elegidas para servir de escenario a la acción que se narra. Este elemento, que en su momento operaba de modo casi subconsciente (eclipsado seguramente por la propia fuerza dramática del contenido) adquiere ante mi nueva perspectiva estética una importancia decisiva; tanto que a menudo me encuentro, apenas terminada la sesión cinematográfica, investigando obsesivamente en Internet dónde fueron filmadas y si existen REALMENTE las escenografías que se ven en la historia...

Ello me inspiró a crear una nueva sub-sección en el blog, destinada a mostrar mis "casas de película" favoritas. Y decidí empezar con una no muy conocida: se trata de "Half light" (traducida al español como "En la tiniebla"), un thriller del año 2006 que tiene como protagonista a Demi Moore y cuyos detalles técnicos pueden encontrar aquí

Seré honesta: no es lo mejor que he visto en mi vida (lo digo desde mi perspectiva de espectadora, sin pretensión de hacer una crítica de cine seria). Se trata de una historia bien lograda, que te mantiene en el borde de la silla hasta el final -aunque a algunos el desenlace les parece demasiado flojo-, basada en un suspenso mayormente psicológico, sin exceso de sangre ni efectos especiales de mal gusto. No obstante, el argumento aparece cargado de un tono lúgubre (incluyendo apariciones fantasmales del hijito de la protagonista, muerto trágicamente al inicio del filme) que no condice con mis preferencias y estado de ánimo actuales; debe ser cosa de la edad, pero siento que ya no estoy para sustos ni situaciones de corte sobrenatural como las que se plantean en la trama.

Sin embargo, al volver a verla entendí finalmente cuáles fueron los elementos que en verdad me enamoraron de esta película: en primer lugar, el personaje protagónico es una escritora (lo cual me provocó una inmediata identificación); en segundo, cuenta con una exquisita banda sonora instrumental de inspiración céltica, que la transporta a una casi levitando a lo largo de toda la cinta; y en tercero, está ambientada en una adorable cabaña rústica frente al mar, con vista a un bucólico faro...

Así que hoy, gracias al estupendo material fotográfico publicado por Julia en su página Hooked on Houses, tengo el placer de presentarles esta idílica "casa de película", ubicada en la costa inglesa de Cornualles, corazón de la cultura celta. Así es como se ve en la producción cinematográfica:

 





... y así es en la vida real:













Por cierto, si a alguien le interesa alquilarla para tomarse unas vacaciones o disfrutar de una escapada romántica (y está en condiciones de permitírselo), puede hacerlo a través de este sitio; lo que echarán de menos es la vista de la isla con el faro, que es una imagen generada por computadora para la película... (ya ves, Menchu, que la tuya sigue ganando con ventaja!!!)

Y bien, ¿cuál prefieren ustedes: la real o la "de película"? Yo definitivamente me quedo con la ambientación cinematográfica (a pesar de que luego de ver el filme, me daría un poco de escalofrío quedarme allí sola!). Igualmente y a los solos efectos inspiracionales, me tomé la libertad de editar algunas escenas de la peli -y unas cuantas piezas de la banda sonora compuesta por Brett Rosemberg- para elaborar un videoclip casero donde dejo fuera toda la parte macabra del libreto y "rearmo" la historia a mi manera... espero lo disfruten (recomiendo mirar el video directamente en Youtube y con la máxima resolución permitida, para apreciar mejor los detalles decorativos).


NOTA: Quienes hayan quedado con curiosidad -o sencillamente gusten del género- pueden ver la película completa en Youtube, doblada al español aquí y en su versión original con subtítulos aquí.
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agosto 22, 2014

Desnuda ante el espejo

"La Venus del espejo", pintura de Diego Velázquez (1647-1651)

Drástica. Extremista. Intransigente. Radical.

Esos son sólo algunos de los adjetivos con los que la gente que me conoce bien -léase esas amigas con quienes comparto hasta las experiencias más banales- suelen calificar mi actitud ante el mundo. Y en muchos aspectos, no dejan de tener razón: como lo resumiera hace años una de estas "hermanas elegidas", suelo tomarme la vida demasiado en serio, y cualquier evento (hasta el más prosaico, como la comida que se quema o una información oída al pasar en el noticiero) a menudo me sume en hondas cavilaciones existenciales. Es una especie de obsesión por encontrar las razones profundas -a veces muy enterradas- de todo lo que sucede, como si mi cabeza hubiera sido programada de fábrica con una serie de "¿por qués?" que parecen activarse automáticamente ante el más nimio acontecimiento, provocando una catarata de pensamientos con la consiguiente batería de emociones asociadas.

Supongo que en parte se debe a mi temperamento típicamente escorpiano que me vuelve polemista, cuestionadora y amiga de andar siempre buscándole "la quinta pata al gato"; o quizá tenga que ver con una educación severa, basada en un desmedido concepto de la excelencia (donde obtener una calificación escolar un punto menos que Sobresaliente era motivo de preocupación familiar...). Lo cierto es que mi mente funciona con una serie de estándares perfeccionistas muy difíciles de erradicar; y cuando me encuentro con que la realidad cotidiana no responde a mis conceptos de blanco/negro, sino que existe una infinita variedad de grises, siento una insatisfacción casi visceral y una inmediata reacción de "¿por qué? ¿qué es lo que estoy haciendo MAL?" (como si el funcionamiento del mundo entero dependiera exclusivamente de lo que YO haga o deje de hacer!!!)

Cuando inauguré este blog, allá por febrero de 2011, tenía un propósito bastante definido: cambiar radicalmente mi vida laboral y personal, adentrarme de lleno en la aventura de rescatar tesoros olvidados (muebles, ropa, objetos diversos) y renovarlos "a mi estilo", generándome así una fuente de ingresos que me proporcionara mayores satisfacciones -nunca disfruté realmente de mi profesión de abogada, asumida por imposición familiar- y que pudiera desempeñar desde casa, para al mismo tiempo vivenciar full time el crecimiento de mi único hijo. En suma, empecé el blog para mí, sin tener demasiada conciencia (y sin importarme demasiado, tampoco) de los "otros" que eventualmente pudieran leerlo. Y durante el primer año, realmente lo disfruté. No tenía un guión preestablecido ni una frecuencia determinada para postear: publicaba cuando tenía tiempo y ganas, cuando me sentía inspirada por algo en particular, o simplemente cuando necesitaba ordenar mis pensamientos... Pero sobre todo, era una excusa válida para dedicar energía a lo que constituye mi auténtica pasión desde que tengo memoria: ESCRIBIR (sobre lo que sea!)

Para el segundo año, algunas cosas cambiaron. La REALIDAD era que mi proyectado negocio de restauraciones seguía siendo un mero proyecto, que continuaba ganándome la vida en un trabajo que detestaba y viviendo en una casa que estaba muy lejos del modelo "perfecto" exhibido por la mayoría de los blogs que seguía entonces (mayormente norteamericanos). Y eso me provocaba una frustración muy difícil de manejar, al punto de sumirme en una depresión profunda, aunque sutilmente enmascarada... Casi sin darme cuenta, empecé a disociar la vida virtual de la real, y mi consigna bloguera pasó a ser "Yo también tengo una casa de revista" (mentira patética basada en complejas producciones escenográficas al mejor estilo Hollywood, que barrían bajo la alfombra la verdadera apariencia de mi hogar, mucho más "imperfecto", desordenado y caótico); hasta que el estrés originado en esa doble vida me llevó a plantearme por primera vez abandonar definitivamente el blog...

Volví, pero con una óptica diferente: cambié el ambiente virtual "primermundista" por una comunidad en mi mismo idioma, con realidades económicas y expectativas creativas mucho más afines a las mías; conocí mujeres que aceptan a diario el desafío de poner pequeños toques de belleza en su entorno sin arruinar el presupuesto familiar en el intento, y sobre todo, aprendí que una vida frugal no necesariamente está reñida con el disfrute pleno, que muchas veces la felicidad auténtica reside precisamente en pequeños detalles cotidianos... Y una vez más, por algún tiempo lo disfruté sin cuestionamientos, como lo que supuestamente debería ser (y de hecho sé que lo es para muchas de mis nuevas amigas): un divertimento para la mente y una fuente de inspiración para el ansia creativa.

No obstante, transcurrido cierto lapso mi manía perfeccionista entró nuevamente en escena y empezó a crearse su imagen de cómo actuaría una bloguera sobresaliente: debería escribir sobre un tópico específico o al menos sobre un rango determinado de temas (los que los "seguidores" vienen buscando); hacerlo con metódica regularidad y sin repetirse; acompañar el texto con una producción fotográfica original, acorde a la temática elegida; responder amablemente y en riguroso orden a los comentarios dejados en cada entrada, buscar la manera de aumentar las visitas y los seguidores participando religiosamente en las "fiestas virtuales"... y sobre todo, mantener un respetuoso decoro y mesura a la hora de manifestar emociones o ventilar asuntos demasiado personales, al mejor estilo de Elinor en "Sensatez y sentimientos" (¿se nota que me he estado castigando duro con películas de época?)

Lo intenté, de veras que sí; pero el problema con la manía de la excelencia es que tiene un corolario tenebroso: "si no eres capaz de hacerlo PERFECTO, no vale la pena siquiera que lo intentes" (sé que a muchas puede sonarles exagerado y hasta difícil de creer, pero esa traumática impronta infantil me ha privado a lo largo de la vida de cosas tan simples y básicas como... aprender a andar en bicicleta!). Así que, cuando por distintas circunstancias debí asumir que definitivamente no soy -ni seré nunca- ese modelo de bloguera que racionalmente había elaborado; que mi mente va años luz más rápido que mis manos y que la mayoría de los proyectos que imagino jamás cobrarán forma física, el primer impulso fue rendirme y renunciar una vez más (¿la definitiva?) Después, en un rapto de súbita inspiración, atribuí ese persistente desasosiego a la melancolía invernal, y decidí que lo más saludable sería desconectarme por un tiempo para "dejarme fluir sin culpas con el ritmo de la Vida, permitiendo que la modorra me envuelva como una manta tibia mientras saboreo una taza de chocolate con canela sentada junto al fuego, mirando viejas películas con la gata acurrucada en la falda y el peque jugando a mi lado sobre la alfombra" (ahora que lo releo, suena hasta romántico, ¿no es verdad?)

Pues no, nunca es tan fácil cuando una posee una mente retorcida. Drástica. Extremista. Intransigente. Radical. 

El demonio perfeccionista que vive dentro de mi cabeza no podía tolerar que simplemente me resignara a ser mediocre (el peor insulto del que te podían hacer objeto dentro de mi familia) y a disfrutar "sin culpas" este período de simple relax. No; la CULPA estaba allí, agazapada entre las sombras, cual depredador hambriento al acecho; y como bien dice Louise Hay -mi primera y más influyente maestra de metafísica- "la culpa busca castigo y el castigo genera dolor"... así que apenas unos días después del poético manifiesto con el que culminaba el post anterior, un desafortunado accidente de tránsito me dejó con la cara desfigurada y la parte superior de las manos terriblemente lastimada (aunque por fortuna sin fracturas o lesiones de mayor gravedad, como las que mantienen a mi pobre hermana todavía convaleciente). 

Conclusión: no he podido terminar ni un solo proyecto en el taller, ni depurar los armarios, ni revisar las cajas del garage, ni ordenar las herramientas ni ninguna otra de las tareas que me proponía realizar durante mis "vacaciones blogueras". Y si me he dedicado a mirar viejas películas acurrucada en el sofá, no ha sido por puro placer sino más bien para olvidar momentáneamente mi monstruoso aspecto y el punzante dolor en las manos... Pero esas largas horas de inactividad forzosa me han llevado también -como siempre- a cuestionarme seriamente el por qué de las cosas que han ocurrido. Verán: aunque aquí no suelo explayarme demasiado sobre temas espirituales (para esos divagues filosófico-existenciales tengo otro blog, "Mi Alma Hechicera"), soy una firme creyente en la Ley de Atracción y en que son nuestros pensamientos los que crean nuestra realidad, tanto en sus mejores aspectos como en los peores. Por tanto, ante un evento de estas características, mi primera pregunta fue: "¿Por qué car... me generé ESTO?"  

Al día siguiente del accidente...

Y teniendo en cuenta que las heridas no afectaron ninguno de mis órganos o funciones vitales sino únicamente la apariencia exterior, la respuesta no se hizo esperar demasiado: es evidente que algo no está bien en la "cara" que le muestro al mundo, que de algún modo no-tan-simbólico necesité "destruir mi rostro público" para literalmente dejar asomar lo que está por debajo de la piel, las cosas que realmente me importan, las que desafían mi capacidad de reflexión y van construyendo día a día, ladrillo a ladrillo y piedra sobre piedra, la PERSONA que soy en realidad (la cual, por cierto, es mucho más compleja que un simple "¡Miren qué bonita manualidad hice esta semana!").

Por eso, no se sorprendan si la tónica de mi blog cambia ligeramente de aquí en adelante. Es que ya no pienso limitarme a postear sobre artesanías o decoración (aunque sigan siendo mis temas predilectos) sino que, regresando un poco a los orígenes, me propongo escribir sobre cualquier cosa que me ocupe la mente o haga cantar a mi corazón en ese momento puntual. O incluso escribir por el simple placer de hacerlo, sintiendo cómo las palabras fluyen naturalmente desde mis dedos a la pantalla de la computadora, cómo se combinan en frases y cómo esas frases se van ordenando para dar aunque sea una vaga forma al torbellino de ideas que permanentemente bulle en mi cabeza y a menudo me desvela hasta altas horas de la madrugada... en suma, volver a escribir para mí, desnudando poco a poco trocitos de mi Alma ante este espejo virtual, cada vez que sienta la necesidad de hacerlo. 

Puede que a algunas de las amigas que llegan a la buhardilla buscando únicamente ideas decorativas, toda esta charla introspectiva se les haga pesada, aburrida y poco atractiva; al fin y al cabo, se trata de exploraciones personales que no tienen por qué interesarle a nadie más. A las que así lo sientan, desde ya las dispenso respetuosamente de cualquier compromiso en materia de seguimiento o comentarios (después de todo, de eso se trata el asunto: ¡acabar con las obligaciones autoimpuestas!). 

Y a quienes, por el contrario, no les importe tanto el "protocolo blogueril" y sí en cambio estén dispuestas a una charla más intimista, a compartir genuinas experiencias de vida (aún aquellas que, como el selfie de más arriba, eventualmente puedan herir su sensibilidad) en vez de limitarse a pasar la última receta casera de pintura tiza, les doy nuevamente la bienvenida... 

Nos encontramos prontito.
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agosto 06, 2014

Nuevos paradigmas en educación: un encuentro con Ana Thomaz

[Ana Thomaz es brasileña, educadora y madre de tres hijos; 
trabaja activamente en pro de la desescolarización de niños y adultos.]

“Desescolarizar es estar abierto a lo imposible. Nacemos llenos de posibilidades concretas, y con un mundo de imposibilidades a nuestro frente; somos lo desconocido, lo que no se puede prever. Toda la creación original parte de este criterio, de lo imprevisto. Escolarizar significa formatear, encuadrar, limitar y programar lo que no puede ser programado, impidiendo así que lo imposible se torne real, que lo nuevo suceda, que un mundo nuevo se cree”.

“En la relación con nuestros niños, necesitamos evitar esa tendencia, confiando en el poder de su naturaleza, y proporcionando el espacio que necesitan para vivir sus verdades más íntimas y profundas. Nosotros las “matamos” a los pocos años cuando los rotulamos o calificamos: «mi hijo es muy esto o lo otro» (tímido, agresivo, orgulloso…), cuando los reprimimos («no hagas eso o aquello, no seas de esa manera o de esta otra manera, no hables»), los reprendemos, juzgamos, condenamos, esperamos que se comporten de un modo específico («sé bueno, sé educado, di adiós, da las gracias, no hagas caras feas, etc. »)”

“Cada ser es único y debe ser respetado en toda su singularidad, sentirse libre de coacción y no estar ahí para cubrir las expectativas de nadie, tampoco de la sociedad. Dejemos que nuestros hijos sean lo que son, sin cuestionar si eso es bueno o malo, acertado o equivocado. Así, permitimos que la creación acontezca en su plenitud, y que lo imposible se torne real a través de ellos.”

“Para nosotros, los padres, adultos plenamente escolarizados y esquematizados, el ejercicio de desafío es volver a ser libres. Anular nuestras reacciones automáticas cargadas de prejuicios y creencias arraigadas, la herencia de miedo y control que recibimos de nuestros padres, y estar abiertos para confiar totalmente en nuestra historia, dejando que ella fluya y se desenvuelva sin represiones. Tenemos que abandonar los viejos patrones y expectativas. Aceptar la aventura de estar sumergidos en el presente, sin esperar garantías o temer castigos. Debemos tener la receptividad y el coraje necesarios para que lo nuevo se cree. Eso, por sí solo, no es una tarea fácil y exige lo máximo de nuestra entrega como seres humanos dispuestos a transformarse.”

“Durante muchos siglos estuvimos aprisionados en la fase del conocimiento, según Espinoza, cuando encuadramos todo lo que vemos en la medida de lo que ya conocemos; a esto él le llama fase de la consciencia, que debe ser traspuesta para poder inaugurar la fase de creación. Durante nuestro encuentro fuimos invitados a reflexionar en conjunto sobre nuestras prioridades, y a pensar hasta dónde estamos dispuestos a modificar nuestros hábitos para operar los cambios que queremos en el mundo para nuestros hijos.”

“Mientras tanto, los niños se involucran con la naturaleza y la atmósfera, descubren el mundo por medio de los sentidos, en perfecta alineación corporal, respetando sus propios ritmos, instintos y deseos, con la seguridad de que estarán bien cuidadas y atendidas sus necesidades. No es necesario que alguien los guíe en sus actividades; su curiosidad innata hace que avancen naturalmente rumbo a la integración y al conocimiento. Nosotros conversamos y reafirmamos que la institución escolar es un lugar de estandarización, donde no hay sitio para que las individualidades florezcan. El ritmo es dictado por el más rápido, el tiempo está mecánicamente dividido, el cuerpo pierde su alineación natural, siendo obligado a pasar tantas horas por día en posiciones incómodas, sin libertad para ir, venir y expresarse, y para los verdaderos descubrimientos.”

“Ahora ya sabemos todo eso, sabemos lo que no queremos. Por tanto, de aquí en más lograr algún cambio es un camino arduo. Tenemos un futuro abierto por delante, y lo que vendrá está en nuestras manos, por lo menos esperamos poder contar con esa autonomía. No es del día para la noche que se modifica un sistema que ya opera desde hace más de 500 años. No tenemos la pretensión de convencer a nadie, sólo esperamos encontrar el mejor camino y que nos sea devuelto el derecho de decisión sobre nuestras vidas y las de nuestros hijos. Sabemos que en este sendero no hay garantías, en cuanto vamos en sentido perpendicular al del orden establecido. Sólo seguimos con la confianza de que tal vez la unión sea el camino más probable, por eso vamos uniendo ideas, nutriendo sueños, regando esperanzas, para que con suerte un día podamos compartir la cosecha. Hasta ahora, sabemos que es preciso crear espacios y situaciones ricas para el aprendizaje, en conjunto con la comunidad, en un sistema de vida integrado. No queremos morir ni matar a nuestros hijos de hambre de conocimiento. Sólo queremos el derecho de escoger qué comer y cuándo, de acuerdo con la naturaleza de cada uno, y que podamos ser cada vez más nosotros mismos, para componer un mundo cada vez más rico y abierto a la diversidad.”

[Tomado del blog “Vivendo y aprendendo”: www.vivendo-e-aprendendo.com/2011/06/26/encontro-com-ana-thomaz/. Los subrayados son originales, la traducción es nuestra.]
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agosto 01, 2014

Winter blues

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Acabo de asumir que el invierno y yo no congeniamos.

A diferencia del otoño (mi estación favorita entre todas por su clima benévolo y su prodigalidad de tonalidades) o de la primavera (que me torna pletórica de entusiasmo con su profusión de verdes y aromas), o incluso del verano que llega para renovar mi romance perpetuo con el mar y la arena, el invierno me sume en una suerte de letargo abúlico, como si mi energía vital decayera hasta un nivel mínimo, apenas suficiente para cumplir con las funciones básicas -incluyendo las de mamá full time, que no son pocas ni livianas-, pero sin que sobre nada para destinar a esas actividades "de puro placer" que hasta apenas dos meses atrás eran en gran medida el motor de mi rutina cotidiana. La ciencia, que se empeña en etiquetar hasta los últimos resquicios de nuestro comportamiento, le ha puesto a este fenómeno un nombre de lo más sofisticado: "Trastorno afectivo estacional" -en inglés seasonal affective disorder, más conocido por su sigla SAD-; pero en el lenguaje común los anglosajones lo llaman de una forma más sugestiva y romántica: winter blues (melancolía invernal).

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Lo advertí con toda claridad hace un par de días, cuando haciendo una revisión de entradas antiguas, constaté la existencia de una suerte de "patrón", de modus operandi repetido año tras año desde que inicié mi aventura blogueril: más o menos por esta época -semanas más, semanas menos- caigo en la cuenta de que postear se me ha vuelto más un deber autoimpuesto que un verdadero placer; que los días se suceden implacablemente sin que tenga cosas realmente novedosas para mostrar o comentar, y que la tónica general de lo que escribo se tiñe de una impronta nostálgica, incluso pesimista. Hace tres años culpé a la maternidad y todas sus abrumadoras responsabilidades, hasta entonces desconocidas para mí; hace dos, atribuí la depresión y el fastidio que me embargaba al hecho de verme forzada a compartir los espacios de intimidad familiar con un grupo de post-adolescentes egoístas y descuidados que no me daban respiro con sus reclamos; el año pasado, directamente me sumí en un hondo cuestionamiento existencial acerca de la actividad bloguera, que se me había vuelto en gran medida "sobreactuada" y carente de espontaneidad. De hecho, cuando por fin me decidí a escribir acerca de lo que sentía, lo hice con la convicción de que ése sería el último post que vería la luz en este blog...

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Y sin embargo vez tras vez, pasado algún tiempo de descanso físico y mental, pero sobre todo descartada la supuesta obligación de ser una "buena" bloguera (entendiendo por tal a la que se toma el tiempo y se impone la disciplina de publicar con regularidad para no decepcionar a sus seguidores), un día cualquiera renacen las ganas de retomar el contacto con este maravilloso universo virtual, de visitar a las amigas que tanto me enriquecen con sus talentos artísticos y su calidad humana, de volver a crear y compartir las pequeñas cosas que me hacen feliz.

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Así que este año he optado por una solución más simple: en vez de resistirme, cuestionarme o buscar "afuera" las causas de este decaimiento periódico, sencillamente he decidido ACEPTAR que en esta época -a semejanza de la Madre Naturaleza- mi cuerpo, mi mente y mi Alma necesitan bajar las revoluciones, hacer una pausa y permitir que los ritmos vitales se ralenticen para acomodarse a las bajas temperaturas y la escasez de luz natural. Y ello implica la necesidad de tomarme unas "vacaciones invernales blogueras", para recargar las pilas y regresar con nuevos bríos apenas asome la primavera...

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No es que me vaya a desconectar del todo (aunque no habría nada de malo en ello!); probablemente continúe recorriendo los blogs amigos para chusmear en qué andan mis compinches frugaleras, y a ratos me sumergiré en Pinterest en busca de imágenes bellas e inspiradoras, una de mis escasas "adicciones inconfesables". Y también aprovecharé para ponerme al día con esas tareas que están desde hace rato en mi lista de pendientes: hacer inventario de los tropecientos objetos varios que todavía se esconden en las cajas del garage a la espera de su extreme makeover; ordenar telas, puntillas y encajes que se amontonan en el armario de las costuras; limpiar y depurar la biblioteca y el guardarropa -siguiendo la ya famosa regla de "guardar-regalar-tirar"-; organizar y clasificar herramientas, insumos y abalorios en mi rincón creativo.

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Pero sobre todo, me dejaré fluir sin culpas con el ritmo de la Vida, permitiendo que la modorra me envuelva como una manta tibia mientras saboreo una taza de chocolate con canela sentada junto al fuego, con la gata acurrucada en la falda y el peque jugando a mi lado sobre la alfombra, quizá mirando por enésima vez "Practical Magic", "Under the Tuscan sun", "Nights in Rodanthe" o cualquiera de esas viejas películas que me deleitan el espíritu (gracias Menchu querida, por ayudarme a entender y a desdramatizar... ¿para qué quiero un sicoanalista, si cuento con amigas sabias, sensatas y entusiastas como tú?)

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¡Bendiciones para todas, nos reencontramos en septiembre!

[PD: hablando de Pinterest, no pude resistirme al juego de palabras del título -blues significa "melancolía" pero también es el plural de "azul"- y en consecuencia a ilustrar este post con imágenes de esos azules desvaídos, etéreos y atemporales que hacen cantar a mi corazón...]
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Sólo para mujeres

Este video contiene muchos de los conceptos en los que creo y que deben ser difundidos con prontitud, para que lleguen a tantas mujeres como sea posible...

¡ES HORA DE RECUPERAR NUESTRA ESENCIA!

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Regresa pronto!!!

Regresa pronto!!!
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